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Joaquín Cano excava en los paisajes de su vida

El pintor cántabro funde retazos de naturaleza y recuerdos personales en la exposición que presenta en la galería Acuarela de Santander

jcano

Hay paisajes que perduran en la memoria con independencia de las intervenciones que van sufriendo a lo largo de los años. Los de Joaquín Cano se localizan en las proximidades de su Isla natal, en los alrededores del pueblo y en las marismas de Joyel. Son retazos de la naturaleza, pero también de sus recuerdos vitales. El artista, que hasta hace dos años había desarrollado una pintura realista y abstracta, «dura» como él mismo la define, lleva experimentando en esta última etapa una nueva técnica que le permite aportar una tercera dimensión a las tablas. Esta tendencia es la que marca su nueva exposición ‘Arqueología de un paisaje’, que hasta el 29 de diciembre se puede visitar en Santander, en la galería Acuarela. En esta obra Joaquín Cano, licenciado en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid y con una amplía carrera docente en la Facultad de Educación de la Universidad de Cantabria, presenta una íntima excavación de los paisajes de su vida, pues muchas de las obras se dividen en capas con las que el autor delimita sus percepciones. «Que nadie se espere encontrar la imagen real de un paisaje o una estampa tipo postal. Lo que he querido plasmar son los diferentes momentos que ha vivido ese entorno natural o al menos como yo lo he percibido», explica. En los cuadros que expone en Acuarela, el autor juega con la impresión digital, con las tintas acrílicas, el dibujo de línea, la plumilla e incluso el pincel chino. Y todos esos elementos le permiten jugar «con lo que he conocido y con lo que ahora es». Con todo este material, Joaquín Cano plasma, sugiere y hace reflexionar sobre la degradación del paisaje, pero también, como en el caso de las marismas, sobre su recuperación. Reconoce que el soporte fotográfico y las nuevas tecnologías informáticas le han permitido mejorar su creación y reflejar todo aquello que el entorno natural le ha sugerido. Incluso se ha atrevido a añadir en todos esos cuadros elementos de la naturaleza que le proporcionan más fuerza, como hojas secas, palos, piedras. Otro de los elementos comunes en todos sus cuadros son las vallas o tapias tan típicas de Cantabria y que acotan las fincas y los paisajes. Joaquín Cano no se ha resistido a reflejarlas e incluirlas en los cuadros como si se tratasen de una parte más del paisaje.

Próximos proyectos
Tras la actual exposición de Acuarela, Joaquín Cano viajará a Madrid para mostrar su ‘Arqueología del paisaje’ y otros cuadros en los que está trabajando en la actualidad, en la misma línea. También expondrá en Lille (Francia). Director del Taller de Serigrafía de la Facultad de Educación de la UC, Cano pertenece al equipo de elaboración de material didáctico para la sala de exposiciones de la UC. Dedicado en plenitud a su labor docente durante los últimos años, retomó en 2011 su tarea expositiva con una muestra en el Observatorio de Arnuero, participando asimismo en el simposio Sianoja y la Feria Art Madrid 2012, de la mano de la galería Espiral.

 

JOAQUÍN CANO.

En la obra de Joaquín Cano nos encontramos con una constante evocación al paisaje, a la representación  de lugares con una cierta connotación de espacios mágicos. Digo mágicos por cuanto cautivan y polarizan nuestra atención enfatizando y sublimando la presencia de determinados elementos y motivos, al tiempo que minimizan y ocultan la presencia de los otros. Las localizaciones de los paisajes exploran en la naturaleza más próxima fijándose en frecuentes  cuestiones y referencias de carácter arqueológico.

La representación de la figura humana no aparece de manera directa en el cuadro, aunque su presencia está implícita en abundantes rastros. La huella que el hombre deja al intervenir en el paisaje suele ser en muchas ocasiones el revulsivo y el argumento principal para determinar el asunto a tratar en la obra; es el ejemplo de series tales como las de tapias, portillas, ruinas arquitectónicas, senderos etc. En el caso de otros motivos aparentemente menos intervenidos como en los que aparece la marisma, el río o el arbolado, la perspectiva y la familiaridad con la que es planteado el tema nos sitúan en unas coordenadas estilísticas más próximas a destacar el carácter intimista del paisaje que a mostrarnos una visión descarnada y salvaje del mismo. Sospecho que se conciben como lugares de encuentro, por cuanto sirven de crisol y escenario puntual a lo largo de una constante búsqueda de nuevos recursos técnicos y conceptuales. El autor maneja con versatilidad diferentes medios, combinando las técnicas pictóricas con tratamientos de tecnología digital. Encola y ensambla algunas imágenes impresas junto con otros materiales plásticos, al tiempo que actúa mezclando y superponiendo frecuentes grafismos y manchas de color. Se producen toda suerte de calidades, desde sutiles aguadas y transparencias, a gruesas y rugosas pinceladas, llegándose en muchos casos a la construcción de formas y estructuras auténticamente tridimensionales. Joaquin Cano no renuncia a su formación clásica en las antiguas Escuelas de Bellas Artes, al uso de sus técnicas y al encanto de sus materiales, pero busca un encaje y reconversión al tratamiento de la imagen con la mediación de las nuevas tecnologías.

Es un ejemplo claro y muy didáctico de cómo pueden convivir los distintos lenguajes, tomando recursos de una y otra parte atendiendo a las necesidades expresivas del motivo. Estas obras, surgidas de lugares, búsquedas y encuentros, suponen para su autor sobretodo momentos de recreo (rememorando la infancia escolar). Esos tiempos de sentimiento de una conciencia profunda y evasiva con relación al tiempo y al espacio; éstos microespacios en los que habitan las sensaciones más primigenias y que constituyen los lugares más placenteros para el espíritu y los sentidos. Al fin la congelación y materialización de aquellos instantes se convierte en éstos: rincones, islas, pequeños paraísos en los que apetece perderse para encontrarse a sí mismo.

Joaquín Martínez Cano

 

JOAQUÍN CANO

“Un paisaje sólo es real si lo hemos soñado”. Esta concisa frase de Joaquín Cano, que formaba parte del material documental proporcionado para escribir el presente texto, contiene mucho más que todo lo que yo pueda añadir, por lo que este escrito deberá entenderse como una modesta apostilla de aquella.

El paisaje es ciertamente materia pura de los sueños, y no porque estos requieran de un contexto escenográfico donde situar la acción de los diferentes personajes oníricos, sino porque se trata de una instancia arquetípica inherente a la condición humana. Pensemos que el hombre ha dependido para su supervivencia y evolución del paisaje durante al menos dos millones de años, pues sólo él le ofrecía y en él concurrían todas las claves para la vida o para la muerte. Por ello, recientemente se ha descubierto que la humanidad en su conjunto lleva interiorizada la imagen de un paisaje idealizado, que no sería otro que el propio de la sabana africana, es decir, un compuesto de cielo azul, colinas suaves, un salpicado pseudo ajardinado de árboles, restos de una senda que se adentra, un lago en el centro y unos pocos animales de tamaño medio, por supuesto en ningún caso peligrosos, que aparecen merodeando o abrevando. En definitiva, todo ello no sería otra cosa que una reconstrucción arqueológica, aunque lo sea por vía onírica, imaginativa o artística, lo mismo da, del edén originario.

Es precisamente la arqueología el segundo punto al que significativamente nos dirige Joaquín Cano, cuando ha titulado su última serie de trabajos “Arqueología de un paisaje”. En este caso no se trata de un intento de prospección genérica de la especie, sino de una reflexiva introspección personal. Es decir, como él mismo manifiesta, la de “un paisaje”, su paisaje particular de filiación, el lugar subjetivo de sus recuerdos, ensoñaciones y sensaciones íntimas o emocionalmente más arraigadas. De hecho, todos poseemos la evidencia arqueológica de un paisaje interior y cercano, que bien puede ser el de los juegos de la infancia, el del amor adolescente, el del paseo familiar o con amigos, el de la huída despechada o liberadora, el del regreso al calor del hogar… Por eso la obra de Joaquín nos resulta cercana y familiarmente comprensible, al menos para los que hemos deambulado por similares sendas y cercados naturales, culturales, estéticos, emocionales y generacionales.

El don artístico que posee el ser humano —que es justo el que lo hace humano—, hace posible que los sueños y su impronta arqueológica puedan llegar a cobrar sustanciación física. En este caso, la obra de Joaquín Cano se presenta sumamente fiel a este propósito, haciendo visibles los rastros de la imaginación mediante la exhumación de vestigios reales. Pues eso es ineludiblemente lo que queda del pasado, no marchitas ruinas como recurrentemente afirman ciertos romanticismos catastrofistas, sino ecos, pistas, señales, marcas, remedos y evocaciones que cobran intensa vitalidad a través de la memoria. Marcas y pistas impresas sobre el paisaje en la imagen o en la imaginación que, en el caso de estas obras, se destacan por contraste dialéctico: el vivo cromatismo de la inmediata realidad, frente al blanco y negro caligráfico del recuerdo; el depurado enfoque del primer plano, frente al borroso desenfoque de los planos finales; el fiable registro de la convención fotográfica, frente al contingente dibujo amanuense; la rugosa incorporación de objetos tangibles, frente a la yerma planicie de la imagen; las tensiones entre distantes puntos de fuga; etcétera. En definitiva, buena parte de ello si no todo, sorprendente y gratamente, al menos para mi, aparece expresado con un lenguaje de pura vitalidad fílmica.

Es más, tomada en su conjunto esta obra semeja los cortes de un montaje cinematográfico, elaborado a partir de un largo plano secuencia correspondiente al peripatético andar del artista paseante. La película resultante (toda película, de hecho), no es sino la más pertinente metáfora de la velocidad vertiginosa a la que circula la imaginación moderna. Pues esa es la forma en que se expresan atropelladamente tanto los sueños como la vida real: un gran bobina que de vez en cuando debe ser detenida, rebobinada, cortada y editada con ayuda de la moviola. Joaquín lo ha hecho.

Juan Martínez Moro

Santander, 19/2/2013

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